En Sydney, a más de 12.000 kilómetros de Tucumán, un argentino muerde una medialuna y se siente en su hogar. No es solo el sabor. Es un recuerdo que vuelve, una escena conocida que reaparece. Algo tan simple como una factura logra, por un instante, acortar la distancia.
Detrás de ese momento están Mauro Cardoselli y Lourdes Abboud, una pareja de Concepción que decidió dejar una vida estable en Argentina para empezar de nuevo en Australia. Ellos son el alma de “Tuki”, un emprendimiento de medialunas que empezó casi como un impulso y terminó convirtiéndose en un punto de encuentro para muchos. “No vendemos medialunas, vendemos nostalgia”, dicen, y la frase se repite en cada historia que reciben.
Tenían trabajo, un emprendimiento, una casa y proyectos. “Estábamos bien, felices y con una vida armada, entonces dejar todo eso atrás fue un cambio enorme”, cuentan.
El último mes antes de viajar lo vivieron con otra intensidad. Salían a comer empanadas, lomitos y platos que sabían que iban a extrañar. Era una despedida silenciosa de lo cotidiano. También buscaron pasar el mayor tiempo posible con familia y amigos. “Al final eso es lo que más se extraña estando lejos”, reflexionan.
El impacto del cambio no tardó en aparecer. Hubo momentos de duda, de preguntarse qué estaban haciendo ahí. Un país distinto, otro idioma, otra cultura y trabajos que no siempre coincidían con lo que imaginaban. “Cuando uno emigra, al principio resigna muchas cosas, sobre todo comodidades y cierta sensación de pertenencia”, explican. Incluso expresarse se vuelve más difícil cuando el día transcurre en otra lengua.
La distancia también pesa en lo cotidiano. Australia está en el otro extremo del mapa y la diferencia horaria complica hasta una charla por WhatsApp. Cuando uno termina el día, el otro recién empieza. Así el tiempo, además, se percibe distinto. “Un año afuera se siente como muchos en Argentina”, afirman. En poco más de un año y medio se mudaron cuatro veces. Adaptarse se vuelve parte de la rutina.
Identidad
Lejos del país, la identidad se vuelve más visible. “El argentino es muy patriota, muy orgulloso de su país, de sus costumbres y de su cultura. Y cuando estás viviendo afuera, eso se vuelve todavía más fuerte”, comentan. La idea de llevar algo propio estuvo presente casi desde el inicio, aunque durante mucho tiempo no supieron qué.
La respuesta apareció en un detalle que parecía obvio. Detectaron un vacío. No había un lugar que ofreciera buenas medialunas artesanales argentinas todos los días. “Sentimos que había una necesidad real que nadie estaba cubriendo y que nosotros podíamos llenar”, cuentan. Buscaron un espacio, compraron lo necesario y tomaron una decisión rápida: “Fue muy de golpe, muy intuitivo. Un día simplemente dijimos ‘empecemos’ y nos lanzamos”.
Así, “Tuki” hoy los encuentra produciendo medialunas en Sydney en una acción que va más allá de lo gastronómico.
Hay argentinos que viven hace décadas en Australia y reaccionan con emoción al probarlas. “Para muchos de ellos, el sabor de una medialuna los conecta otra vez con su infancia o con un desayuno en familia en Argentina”, relatan. Los mensajes que reciben a diario refuerzan esa idea. Uno en particular los marcó. Un hombre que llevaba más de 20 años afuera les contó que extrañaba más las medialunas que el asado, que incluso las soñaba. Les agradeció y se ofreció a ayudarlos a crecer.
¿Por qué medialunas? “Para nosotros son una de las cosas más tradicionales de Argentina. Están en el podio junto al asado y al mate”. Forman parte de la vida diaria, de desayunos, meriendas y encuentros. Lejos del país, esa dimensión se vuelve más clara.
También descubrieron cómo impacta en quienes no conocen ese sabor. Muchos llegan pensando que se trata de un croissant. La diferencia aparece en el primer bocado. “Tiene una textura, un sabor y una identidad completamente distinta”, explican. El croissant les resulta más neutro. La medialuna, en cambio, destaca por su sabor, su suavidad y su esponjosidad. “Creemos que compite tranquilamente por ser uno de los mejores productos de panadería del mundo”, manifiestan.
Muchas veces, por otro lado, tienen que explicar hábitos simples para un argentino. Cuándo se come una medialuna, con qué se acompaña, qué significa compartir una docena. Y con el tiempo, empezaron a notar cambios en sus clientes. No es habitual que alguien compre varias unidades para llevar, pero de a poco esa práctica se incorpora. Aparece la idea de compartir, de llevar algo a la casa o al trabajo. “Sentimos que, de alguna manera, las medialunas generan pequeños momentos de encuentro”, dicen.
Además, el crecimiento de "Tuki" empezó a trascender el circuito de clientes habituales y llamó la atención de representantes argentinos en Australia. En los últimos días, Mauro y Lourdes mantuvieron un encuentro con el embajador argentino en ese país, Máximo Gowland, junto a autoridades del Consulado. Según contaron, fue una reunión positiva para el desarrollo del proyecto y una oportunidad para compartir el camino que vienen recorriendo al llevar su cultura a través de la gastronomía. El acompañamiento institucional, señalaron, también refuerza el impulso de seguir expandiendo la propuesta.
El emprendimiento también funciona como un puente personal. Les permite sentirse más cerca de su país y mantener un vínculo con lo propio. “Nos llena de orgullo poder traer un pedacito de Argentina a Sydney”, expresan. Cada paso, incluso en los momentos difíciles, responde a una decisión que tomaron juntos. No fue sencillo, pero tuvieron claro por qué estaban ahí y qué buscaban construir.